Ni odio ni privilegios: igualdad
- Laura Taboada Guindel

- hace 2 horas
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Hoy en día, la palabra feminismo está rodeada de un ruido que nos impide comprender el mensaje que intenta transmitir.
Hay un miedo a identificarse con este término inspirado por la idea errónea de que es un movimiento que se ha vuelto demasiado radical, que ha ido demasiado lejos o que se basa en un resentimiento motivado por el deseo de quitarles privilegios a los hombres. Esta confusión ha calado tanto que hay muchas mujeres que, a pesar de vivir una vida influenciada por el machismo, establecen una distancia prudente con esta etiqueta por miedo a que las tachen de intransigentes o radicales.
Ahora es muy común escuchar frases como “yo no soy feminista, a mí me gustan los hombres” o “ni machismo ni feminismo, igualdad”, que no hacen más que recalcar el desconocimiento que hay sobre qué es realmente ser feminista. No es lo opuesto al machismo ni excluye a los hombres, es un conjunto de corrientes diversas, ya sea liberal, radical o interseccional; que tienen el mismo objetivo de conseguir que todas las personas, sin importar el género, tengan los mismo derechos y oportunidades. No querer identificarse con esta palabra por miedo al estigma es casi como permitir que se siga borrando y ridiculizando una lucha que en el fondo solo busca que ser mujer no signifique vivir con miedo.

Uno de los mayores triunfos del patriarcado ha sido lograr convencer a muchas mujeres de que ya no se necesita el feminismo o, como se ha dicho anteriormente, que este ha llegado muy lejos.
Miramos hacia atrás y nos damos cuenta de que nos han contado una historia incompleta. Por ejemplo, como bien se explica en el libro Prehistorias de mujeres de Margarita Sánchez Romero; desde siempre se nos ha enseñado que en la prehistoria eran los hombres los valientes guerreros que salían a cazar y que las mujeres se quedaban esperando y cuidando de los hijos, como si ese trabajo fuera poca cosa. No obstante, esta historia no está basada en hechos científicos, puesto que cuando primero se empezó a especular sobre este periodo, no había ni pruebas ni escritos sobre los que basarse, por lo que había libre albedrío de rellenar los huecos. Así que se decidió contar una historia claramente marcada por los prejuicios de los arqueólogos del siglo XIX quienes se inspiraron en la sociedad machista en la que vivían para construir como pensaban ellos que habían vivido nuestros antepasados.
Sin embargo hoy sabemos que las mujeres prehistóricas también cazaban —representado alrededor del 30% y el 50% de los cazadores en muchos de los yacimientos de los cuales se había supuesto que eran hombres por el simple motivo de que habían sido enterrados con armas—, pintaban imágenes en las cuevas —más de la mitad de las manos que se encuentran en todas esas famosas pinturas paleolíticas eran de mujeres— y ocupaban puestos de poder o prestigio, como bien demuestran los ejemplos de las tumbas de la Dama de Baza o de la guerrera Birka.
La realidad es que las mujeres han participado tanto en la vida social, la política, la económica y cultural de prácticamente todas las sociedades que ha habido a lo largo de toda la historia. Lo que ha pasado es que se ha ignorado o menospreciado esas intervenciones simplemente porque las hacen mujeres. El feminismo lo que ha hecho es recuperar esas historias y devolvernos el pasado, haciéndonos ver que tenemos derecho a ocupar cualquier espacio en el presente.

Últimamente se va diciendo por ahí que ahora hay un montón de “privilegios” para las mujeres aquí en España. Se habla de ayudas a autónomas, pensiones o incluso el derecho a llamar al 016 como si todo esto fueran ventajas injustas. La realidad es que todas estas medidas de las que se habla no son privilegios. Son respuestas necesarias para todas las desigualdades estructurales que sufren las mujeres.
Desde siempre las mujeres cobran menos pensión porque o bien han sido desplazadas del mercado laboral o porque han realizado trabajos de cuidados no remunerados, los cuales en realidad, son los que sostienen la sociedad.
¿En qué momento se considera privilegio necesitar un número especial para poder denunciar que tu pareja te maltrata o que los autobuses tengan paradas a demanda para que el camino de vuelta a casa sea más corto y así evitar ser violada?. Leyes como éstas existen porque el Estado tiene que proteger a las mujeres ante una violencia que se ejerce específicamente hacia ellas únicamente por ser eso, mujeres. Como ya se dijo anteriormente, el feminismo no está buscando privilegios, busca que ser mujer no signifique vivir con miedo.
El feminismo es un movimiento de valentia. Cada derecho que tenemos hoy, desde votar hasta tener una cuenta en el banco o estudiar en la universidad; es gracias a todas esas mujeres que decidieron no seguir dejando que el miedo las silenciase.
Vivimos en una sociedad en la que se asesina a una mujer cada pocos días y donde una de cada tres ha sufrido al menos una vez violencia física o verbal a lo largo de su vida. Ante estas cifras, quedarse calladas no es una opción, más aún cuando solo se escandalizan con una radical feminista y no con el asesinato de una mujer.

Es verdad que se ha avanzado y las cosas no son las mismas que hace cincuenta años, pero eso no quiere decir que hayamos terminado. Queda mucho camino por recorrer hasta poder alcanzar ese equilibrio que nos merecemos.
Si eres mujer, decir “soy feminista” no es un ataque a nadie, es acto de respeto hacia todas esas mujeres que lucharon antes que tú. Es reconocer que no estamos exagerando, que estamos luchando por poder vivir con plenitud.
Como dijo una vez la pensadora francesa Simone de Beauvoir, quien asentó las bases del feminismo, «Que nada nos limite. Que nada nos defina. Que nada nos sujete. Que la libertad sea nuestra propia sustancia».




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