Adictos al odio
- Isabel Broseta Torres

- hace 3 horas
- 3 Min. de lectura
Las redes sociales son uno de los múltiples espejos de la sociedad. En este caso, un espejo al que miramos furtivamente buscando no reconocernos. Un reflejo sobre el que preferimos esgrimir juicios de valor por disonancia, a reconocer nuestra propia sombra en el baile de los engranajes del sistema. Nos concierne el continuo sonido y movimiento de las campañas de odio en redes, la victoria de los discursos más extremos, y la vuelta al absurdo. Sin embargo, aparece un vídeo en el que te atacan, y decides quedarte a verlo.


Este fenómeno es conocido como “engagement negativo". Creadores como El Xocas, BB trickz, Dalas o Roro, se alimentan de esa adicción tuya y mía al odio y la histeria colectiva. Te quejas pero dedicas espacio en un tweet a sacralizar tu odio, o interactúas con ese vídeo extremadamente contrario a tu algoritmo de contenido. Moral o no, no es descubierta nueva que, ser polémico, genera views, y que para algunos creadores de contenido, tu ira, es su principal capital.
Hace apenas unos días, “Zona Gemelos” se comía las uvas junto a 2,7 millones de espectadores únicos en su canal de Youtube. Entre esos 2.7, algunos hastiados, otros risueños y quizá algunos escépticos, pero todos ellos con un único propósito en común. Un visionado de inicio de año habilitante para poder participar en la conversación social que gira en torno a este canal y su polémica.
Éste fenómeno prueba una vez más que aquella fuerza “que mueve el mundo” ha dejado de ser el amor. Porque el amor requiere de raciocinio y comunidad, y el odio solo de masas. En un mundo de relaciones instantáneas, el insulto y la rabia salen a la luz mucho antes que cualquier interacción de tipo positiva. No es de extrañar entonces, que se busquen las campañas de marketing en clave negativa. Un parto continuo de monstruos, que no sólo se aprecia en la interacción humana mediada por la redes sociales, sino que tiene su reflejo en el arte, la música y también en la política. ¿O no ha sido también esta en parte, la estrategia de la ultraderecha?
Estas oleadas cibernéticas de hate triunfan porque consiguen llenar el vacío del sentimiento de pertenencia y la identidad. Sentirme identificado en un bando a favor, o uno en contra. Quizás Fukuyama se equivocaba cuando hablaba del “fin de los tiempos en los que historiar”, pero no hay error en ninguna coma de su obra “Identidad”. El odio es una fuerza más de unidad, y al fin y al cabo, el ser humano nunca dejó de ser un ser eminentemente social.
Por otro lado, no es que lo positivo en redes haya desaparecido. Es que ponerse la máscara y jugar a ser polémico es lo que genera ruido, views, clickbait y engagement, aunque éste sea negativo. Las redes se han convertido en un espacio público en el que el libertinaje ha ganado a la libertad sobrepasando los límites de cualquier moralidad. Moralidad sobrepasada por la transversalidad del mercado, y la lucha por el número y marcaje de mayor cantidad, sin importar el precio que haya que pagar. Ante esto, la interminable búsqueda de la identificación e identidad general parece habernos hecho olvidar que ante la provocación, la mejor vacuna siempre fue ignorar. Como espectadores, nunca hemos dejado de ser la pieza clave del contrato social, porque sin atención, no hay publicación.




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