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Cumbres Borrascosas en la Era MeToo

La adaptación de Emerald Fennell reaviva el debate sobre Cumbres Borrascosas: ¿es realmente una historia de amor?


"Primer plano de Jacob Elordi como Heathcliff y Margot Robbie como Catherine Earnshaw en una playa nublada. Ella lleva un vestido de época oscuro con un largo velo traslúcido que ondea al viento, evocando un ambiente melancólico y gótico."
Margot Robbie y Jacob Elordi en la nueva adaptación de 'Cumbres Borrascosas' dirigida por Emerald Fennell. Fuente: LuckyChap Entertainment / Warner Bros. Pictures.

Si Heathcliff viviera en 2025, ¿hubiera sobrevivido a la Era MeToo? La pregunta no es retórica cuando hablamos de la única novela de Emily Brontë, una obra que ha trascendido épocas y fronteras, provocando a partes iguales fascinación y rechazo. Su último hito: llegar a la gran pantalla este año bajo la dirección de Emerald Fennell —directora de Saltburn (2023) y Una Joven Prometedora (2020)—, con el nuevo galán hollywoodiense Jacob Elordi y la icónica Margot Robbie. Desde el principio, la película ha estado en el ojo del huracán por su reparto y su estrategia promocional: "una gran historia de amor", prometían los tráilers; "la Titanic de su generación", declaraba la directora. Y un estreno nada inocente: el día de San Valentín.

Pero la realidad va justo en la dirección opuesta. Cumbres Borrascosas nunca fue una gran historia de amor, aunque durante décadas se haya comercializado como tal. Su etiqueta de "romántica" responde al espíritu del Romanticismo: no una exaltación del amor, sino una exploración de la pasión, la obsesión y la destrucción. Entonces, ¿por qué seguimos obsesionados con una historia de amor tan tóxica?

Romantización de la toxicidad

La respuesta reside en un malentendido cultural perpetuado durante casi dos siglos. Hollywood ha contribuido significativamente a nuestra obsesión con Cumbres Borrascosas al suavizar sistemáticamente la crueldad del libro original. Desde la versión de 1939 con Laurence Olivier —promocionada por MGM como "¡La Mayor Historia de Amor de Nuestro Tiempo!"—, las adaptaciones cinematográficas y televisivas eliminan escenas que exponen la brutalidad real de Heathcliff, presentando su relación con Catherine como un romance apasionado al estilo de Romeo y Julieta. Esto hace la historia más "vendible" para el público, en lugar de revelar su esencia: un terror psicológico gótico de destrucción mutua.

En el fondo, Catherine y Heathcliff no comparten un amor ideal, sino una codependencia tóxica donde ambos ejercen control obsesivo, manipulación emocional y miedo intenso al abandono, arrastrando a todos a la ruina. Esta dinámica se vuelve adictiva gracias al abuso intermitente, un mecanismo que los psicólogos comparan con las máquinas tragamonedas: cuando la crueldad alterna con afecto intenso, crea una trampa psicológica donde la víctima se aferra más fuerte, anhelando el regreso del "buen" lado de la relación.

Como explica Caroline Bohra en la revista Iris de la Universidad de Virginia: "Todo se reduce a la fantasía de sentirse especial. Los abusadores son fantásticos haciendo que sus víctimas sientan que son lo mejor del mundo, la única que puede cambiarlos, la excepción a la regla". Proyectamos en Heathcliff y Catherine nuestro deseo de ser esa "excepción", ignorando que termina en tragedia. Así, la cultura pop perpetúa un mito romántico que normaliza el daño real.

Dos almas condenadas

Pero romantizar esta historia implica romantizar a personajes profundamente problemáticos. Heathcliff, lejos de ser un galán o un caballero, representa todo lo contrario. Es abusivo, vengativo y cruel. Desde el principio demuestra su falta de empatía y su necesidad de destruir lo frágil para herir a los demás. Antes de huir con Isabella Linton, cuelga a su perrita para que no ladre y los delate. Su matrimonio con ella es sádico e instrumental: solo busca obtener sus tierras y vengarse de Edgar Linton. Más adelante destruye metódicamente la vida de niños inocentes que nada le hicieron. No tiene nada que ver con Mr. Darcy ni con el héroe byroniano —inteligente, emocionalmente torturado, carismático—. Heathcliff es otra cosa.

"Kaya Scodelario, interpretando a Catherine Earnshaw, de perfil en un páramo neblinoso. Viste un abrigo rojo de época sobre un vestido largo del mismo color, con el cabello recogido de forma sencilla, transmitiendo una sensación de soledad y melancolía."
Kaya Scodelario como Catherine en la versión de 2011 de Cumbres Borrascosas. Fuente: Film4 / Ecosse Films / Uso editorial.

Catherine Earnshaw tampoco es una víctima pasiva. Al igual que Heathcliff, no se adapta a los cánones de la sufrida amada trágica. Es una figura manipuladora, egoísta y profundamente destructiva, tanto para los demás como para sí misma. Se casa con Edgar Linton por conveniencia social, aunque no quiere renunciar a sus sentimientos por Heathcliff, relegándolo al papel de amante platónico. Desde joven, sus decisiones —como buscar compasión estando en su lecho de muerte— no están motivadas por el bienestar de otros, sino por su incapacidad de renunciar a nada.

La intención de la autora

Entender qué pretendía Emily Brontë al crear estos personajes tan perturbadores requiere mirar más allá del mito romántico. La verdadera intención de Brontë al escribir Cumbres Borrascosas ha sido objeto de debate durante casi dos siglos, pero la estructura misma del libro revela pistas claras.

La vida de Emily estuvo marcada por pérdidas devastadoras desde temprana edad. Su madre falleció cuando Emily tenía tres años, y otras dos hermanas, Maria y Elizabeth, también murieron más adelante debido a la tuberculosis. Con tan solo 27 años, Emily se embarcó en la difícil tarea de escribir una novela. Por aquel entonces, varias personas ya habían entrado y salido de su vida por culpa de la muerte: el tema principal en torno al que gira su novela. Para ella, la muerte era una progresión de eventos que la empujaba hacia delante.

La verdadera historia de amor no reside en Heathcliff y Catherine, sino en Cathy y Hareton, la segunda generación. Creando a Catherine y a Heathcliff, Emily advirtió sobre los peligros de confundir trauma con amor pasional y cómo puede devorar generaciones enteras. Solo el amor genuino —representado por Cathy y Hareton, quienes aprenden a comunicarse, perdonar y construir juntos— puede sanar y romper el círculo. Los problemas desastrosos de la primera generación se superan mediante el inexorable paso del tiempo y el surgimiento de una generación nueva y distinta.

La propia novela incluye una advertencia explícita que generaciones de lectores han ignorado. Cuando Isabella huye con Heathcliff, engañada por la fantasía romántica, él se burla diciendo que lo hizo "bajo un engaño... imaginando en mí un héroe de romance". El libro nos grita que no cometamos el mismo error que Isabella. Y sin embargo, aquí estamos, casi dos siglos después, cometiendo exactamente el mismo error.

¿Por qué importa en 2026?

Esta advertencia cobra especial relevancia ahora. Debemos recordar que Cumbres Borrascosas se escribió en 1847, en plena época de represión victoriana, donde el matrimonio era un contrato social y económico, no una elección emocional libre. Emily Brontë no disponía del vocabulario contemporáneo para nombrar lo que describía: gaslighting, love bombing, trauma dumping, codependencia. Sin embargo, su genio radica en haber capturado con precisión clínica las dinámicas de abuso que hoy reconocemos inmediatamente en cualquier hilo de denuncia en redes sociales.

La diferencia es que en 2026 ya no podemos escudarnos en la ignorancia. Hemos aprendido —o deberíamos haberlo hecho— que la violencia no es pasión, que los celos patológicos no son romanticismo, que el aislamiento coercitivo no es protección. Heathcliff no es un hombre atormentado por el amor; es un maltratador de manual que utiliza el vacío legal de su época para anular sistemáticamente a las mujeres de su entorno.

La era MeToo no se trataba solo de denunciar a los monstruos evidentes, sino de desmantelar las estructuras culturales que los idealizan y perpetúan. Si en 2026 seguimos consumiendo esta historia como un ideal romántico digno de San Valentín, si aceptamos que "la Titanic de nuestra generación" sea un catálogo de violencia psicológica disfrazado de épica amorosa, es porque preferimos la estética del dolor a la realidad de la sanación.

Al final, quizás la verdadera pregunta no es si Heathcliff sobreviviría a nuestra era, sino por qué nosotros, después de casi dos siglos y una conversación global sobre consentimiento y salud emocional, seguimos queriendo salvarlo.


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