Vivir esperando
- Laura Taboada Guindel

- hace 11 horas
- 5 Min. de lectura
En una sociedad que ha normalizado el "modo supervivencia" de lunes a viernes, hemos convertido la felicidad en un artículo de lujo reservado para los fines de semana.
Hay que admitir que hoy en día hay una tristeza silenciosa que casi se ha vuelto costumbre. No es ruidosa o escandalosa, no interfiere con nuestra rutina. Es esa tristeza que nos hace vivir esperando. Esperando a que acabe el lunes, esperando a las vacaciones… esperando a que todo pase, para, entonces sí, poder empezar a vivir.
Hoy mucha gente se ha acostumbrado, incluso ya desde pequeños, a sobrevivir cinco días para poder disfrutar dos. Cinco días que atravesamos con el piloto automático, que tachamos en el calendario, como si quisiéramos borrarlos de nuestra existencia. Cinco días que se sienten como una especie de peaje que tenemos que pasar obligatoriamente para poder sentirnos libros al final de la semana. Y de este modo, sin darnos cuenta, aceptamos cambiar la mayor parte de nuestra vida por pequeñas dosis de alivio.
¿Cuándo fue que decidimos que vivir era esperar?
Esperar a que termine la jornada laboral, esperar a que acaba el semestre, esperar a que llegue el próximo viaje, esperar a tener más dinero, esperar, esperar y más esperar. Es como si siempre hubiera algo que tiene que suceder antes de permitirnos disfrutar. Siempre hay una condición que tenemos que aceptar antes de autorizarnos a ser felices.
El problema no es el trabajo, ni los estudios, ni las responsabilidades; el problema es la mentalidad con la que estamos viviendo. Hemos asumido que la felicidad es un privilegio que solo podemos obtener en momentos concretos, cuidadosamente marcados en el calendario. Como si la vida real solo comenzase el viernes por la tarde y terminase el domingo por la noche.
Pero ese es un error catastrófico. Todo es vida. El martes a las nueve de la mañana es vida, el jueves por la tarde es vida y esa hora en la que te sientes super cansado después de comer también es vida.
Pero lo más importante es que el tiempo no es un recurso ilimitado. No es algo que podemos almacenar o recuperar luego. Cada día que vivimos esperando, es un día que se va para siempre. No vuelve, no se guarda en ningún sitio. Se evapora, dejando solo el recuerdo.
Y la muerte, aunque intentemos evitar hablar de ella, es la única certeza absoluta. Sabemos que el tiempo se acabará en algún momento. Y aún así, vivimos como si tuviéramos una tarjeta infinita con días para gastar. Como si en verdad pudiéramos permitirnos el lujo de desperdiciar años enteros esperando a que llegue algo mejor.
Lo más paradójico de todo esto es que muchas veces solo nos permitimos disfrutar de aquello que promete durar. Nos cuesta confiar y entregarnos a lo efímero. Nos detenemos siempre que creemos que algo no será permanente. Como si la duración de algo fuese el único criterio que regula a la intensidad con la que lo vivimos.
Pero olvidamos que la vida misma es efímera.
¿Dónde está el sentido de reservar la pasión solo para lo que creemos que va a permanecer, si nada lo hace realmente? Las relaciones cambian, las etapas concluyen, las personas se van, nosotros mismos cambiamos. Todo en la vida es transitorio.
Y es por eso por lo que debería importarnos más. Precisamente porque se acaba, merece vivirse a fondo.
Un atardecer no dura más que unos minutos, ¿acaso eso le quita la belleza? Las canciones se acaban, ¿pierden por ello su intensidad y significado? Una conversación puede no volver a repetirse, ¿deberíamos entonces hablar a medias?
Lo efímero no resta valor, lo multiplica.
Y, sin embargo, vivimos siguiendo una lógica totalmente opuesta. Pensamos: “Mejor no me ilusiono demasiado, total seguro que no dura mucho”, “Voy a intentar no disfrutar demasiado ni encariñarme, así no me dolerá cuando acabe”. Ese intento de protegernos de un posible sufrimiento futuro es lo que corta de raíz poder sentir el presente en toda su plenitud.
Nos volvemos expertos en moderar la intensidad. Nos prometemos que más adelante, cuando las circunstancias sean perfectas, entonces si nos entregaremos sin reservas.
Pero rara vez acaba por llegar ese “más adelante”. Y es más, en muchos casos, para cuando llega, ya estamos esperando otra cosa distinta.
Esperar es algo muy cómodo, vivir no lo es tanto. Vivir implica decidir, arriesgarse, implicarse. Vivir implica hacer espacio en medio del caos cotidiano para algo que realmente nos importa. Implica no dejar pasar esa oportunidad de hacer algo que nos gusta, aunque no sea la gran cosa.
Vivir con intensidad no se trata de abandonar responsabilidades ni de romantizar una vida sin ellas. Se trata de dejar de considerar que esas obligaciones del día a día nos quitan la posibilidad de disfrutar de la vida. Se trata de encontrar, dentro de lo cotidiano, momentos extraordinarios. De tratar de no postergar constantemente lo que nos hace sentir vivos.

Imagina que te dicen que solo te quedan dos años de vida. ¿Seguirías entonces esperando a que llegue el viernes para disfrutar? Seguramente tu respuesta es que no. Empezarías a valorar cada martes y cada jueves, cada momento que aparentemente parezca insignificante.
La diferencia es que no sabemos si nos quedan dos años o treinta. Y es que esa incertidumbre debería ser un motivo más para no desperdiciar días.
Tal vez lo que necesitas preguntarte es: si necesitas que termine tu día para sentirte libre ¿que estás haciendo con tus días? Si solo te sientes tú mismo cuando no trabajas o estudias, ¿qué relación tienes entonces con aquello a lo que estás dedicando la mayor parte de tu tiempo?
Replantearse la vida no implicaba necesariamente que lo cambies todo de un día para otro. A veces, basta con empezar con algo pequeño: negarse a seguir viviendo en modo de espera. Decidir que los lunes también merecen su momento de felicidad. Que no todo lo valioso tiene que reservarse para el fin de semana o para un futuro ideal.
Quizá no podemos elegir las circunstancias que nos tocan, pero sí cómo habitarlas. Podemos elegir no pasar el tiempo simplemente esperando a que este se acabe. Podemos elegir involucrarnos más, sentir más, arriesgarnos más. Podemos elegir vivir aún sabiendo que todo es temporal.
Porque todo se acabará. Y esa es una razón para no vivir a medias.
La próxima vez que te descubras mirando la hora y deseando que el día llegue a su fin, pregúntate: ¿estoy viviendo o solo esperando? Y si la respuesta te resulta demasiado incómoda, tal vez sea el momento de cambiar algo. No mañana, no el viernes. Hoy.




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