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Las sociedades elitistas que beben, mandan y repiten el ciclo

Antes de convertirse en figuras clave, nobles y políticos británicos, esto hombres participaron en clubes elitistas universitarios que operan como redes de poder y exclusividad desde el siglo XVIII


Los ex primeros ministros David Cameron y Boris Johnson junto al resto de miembros del infame Bullingdon Club (1987). Fuente: Daily Mail
Los ex primeros ministros David Cameron y Boris Johnson junto al resto de miembros del infame Bullingdon Club (1987). Fuente: Daily Mail

En algún rincón panelado en roble de Oxford o Cambridge, un grupo de jóvenes—vestidos con pajaritas, chalecos y un frac —se enfrenta a su verdadero examen: no un ensayo sobre Kant o termodinámica, sino la ingesta acelerada de alcohol hasta acabar ingresado. Bienvenidos al mundo de las drinking societies, esas hermandades alcohólico-ceremoniales que han sobrevivido desde el siglo XVIII como recordatorio de que las élites británicas no sólo se reproducen en los pasillos del Parlamento, sino también en sociedades estudiantiles.

Estas asociaciones, algunas centenarias como el Bullingdon Club (fundado en 1780), otras más recientes como el Piers Gaveston Society (creado en 1977), organizan cenas ceremoniales con uniformes distintivos (chaquetas de cola, corbatas especiales) y rituales iniciáticos internos poco convencionales además de otras prácticas vandálicas. En 2005, miembros del Bullingdon Club, conocido por su comportamiento destructivo, organizaron una cena en el White Hart, un pub de Fyfield cerca de Oxford. Según la BBC, durante la velada, los estudiantes rompieron 17 botellas de vino, destrozaron toda la vajilla y una ventana del establecimiento. 

El interior de White Hart, el pub de Fyfield abierto desde el siglo XV cuya vajilla fue destrozada por el Bullingdon Club. Fuente: The Oxford Magazine
El interior de White Hart, el pub de Fyfield abierto desde el siglo XV cuya vajilla fue destrozada por el Bullingdon Club. Fuente: The Oxford Magazine

Humillación como rito iniciático

Estos actos forman parte de una tradición marcada por rituales y símbolos que refuerzan la identidad grupal de los drinking clubs de Oxford y Cambridge. Según Cherwell, en una típica velada en Oriel College, los estudiantes “seleccionados” visten chalecos de smoking y pajaritas, cenando a la luz de las velas en salones de madera donde las mujeres permanecen ausentes, subrayando su carácter tradicionalmente masculino. El emblemático uniforme del Bullingdon Club —chaqueta azul de cola de milano, pañuelo de seda y corbata celeste—, cuyo coste ronda las 3.500 libras según The Week, destaca el carácter ritualista y excluyente que acompaña estas sociedades.

Los ritos de iniciación suelen incluir pruebas de resistencia y humillación. Según The Week, en el Bullingdon Club se practicaba el “trashing”, donde los miembros invadían la habitación del novato para destrozarla. The Guardian informa que en Caius College (Cambridge) novatos eran presionados a beber hasta vomitar como parte del ritual de bienvenida. Otros desafíos excéntricos, como los organizados por Merton College y “L’Ancien Régime”, implicaban correr atados a botellas de sidra y luego consumir cantidades potencialmente letales de vodka, según Cherwell.

En ocasiones, estos rituales adquieren connotaciones de subordinación de género. Cherwell documenta que en la sociedad femenina “F&F” de Christ Church, una estudiante fue parcialmente desnudada y obligada a ofrecerse a desnudarse ante un grupo masculino. The Guardian también reporta un incidente en Cambridge (2015) en el que estudiantes de segundo año forzaron a los recién llegados a consumir múltiples shots, provocando vómitos y riesgos de asfixia.

Fotograma de The Riot Club (2014), película basada en The Bullingdon Club. Fuente: Universal  Pictures Internacional.
Fotograma de The Riot Club (2014), película basada en The Bullingdon Club. Fuente: Universal Pictures Internacional.

De Oxbridge a Westminster

Desde la antropología simbólica se comprende cómo estas prácticas refuerzan la identidad grupal, pero también es clave entender el valor social y político de pertenecer a estos clubes. En términos de capital social —teoría desarrollada por Pierre Bourdieu—, pertenecer a un club como Bullingdon o Piers Gaveston equivale a ingresar en “una red duradera de relaciones institucionalizadas”, donde se acumulan recursos de influencia y oportunidades.

La revista Varsity advierte que quienes pasan por estos círculos “casi con seguridad” llegan a las altas esferas del poder y señala que en Cambridge “nuestros futuros líderes de la industria y la política maduran en un club exclusivo”. Estas sociedades consolidan la sucesión del poder y la influencia en Gran Bretaña entre una élite reducida.

Además, estas sociedades refuerzan la reproducción de la élite debido a un criterio de selección restrictivo basado en clase alta y género masculino, de modo que la membresía tiende a coincidir con trayectorias de privilegio preexistentes. Nombres conocidos como David Cameron, Boris Johnson, George Osborne o Jacob Rees-Mogg son ex miembros destacados. Aunque la mayoría proviene de entornos privilegiados, su capacidad de vinculación garantiza que estas ventajas se transmitan a la siguiente generación.


Vandalismo como nihilismo performativo

Para comprender el carácter aparentemente irracional y destructivo de estas sociedades, puede recurrirse a la idea de nihilismo performativo, una variante específica del nihilismo filosófico. En filosofía, autores como Nietzsche, Kierkegaard o Camus han descrito el nihilismo como la negación de un sentido o valor inherente en la vida. Sin embargo, el nihilismo performativo no siempre nace de una crisis existencial profunda, sino que se manifiesta como una representación deliberada del sinsentido mediante actos que desafían normas sociales o morales.

En el caso de las drinking societies, este nihilismo no surge de una angustia metafísica, sino de una posición de privilegio tan blindada que permite a sus miembros actuar como si nada tuviera consecuencias reales. La destrucción de propiedad, el vandalismo ritual y el exceso alcohólico se convierten en performances de poder: demostraciones explícitas de que se puede transgredir impunemente, evidenciando un dominio social que trasciende las reglas comunes.

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