35 años del fallecimiento de Manuel García-Pelayo: entrevista a Francisco Vila Conde
- Carlos de Francisco Cañón

- hace 7 días
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Actualizado: hace 2 días
Se cumplen 35 años del fallecimiento del primer presidente del Tribunal Constitucional. Hablamos con el doctor Francisco Vila sobre la vida y la obra de Manuel García-Pelayo.

Portada: Manuel García-Pelayo en el Tribunal Constitucional. Fuente: La Opinión de Zamora
El 25 de febrero de 1991 falleció en Caracas el primer presidente del Tribunal Constitucional, Manuel García-Pelayo. Nacido en un pueblo de Zamora, a lo largo de su vida fue jurista, oficial del Ejército Republicano en la Guerra Civil, creador y primer director del Instituto de Estudios Políticos de Venezuela y, finalmente, presidente del órgano que la Constitución de 1978 designa como su supremo intérprete. Dejó una extensa obra de pensamiento jurídico y político: su libro Derecho constitucional comparado (1950) es una de las mayores aportaciones españolas a la teoría jurídica del siglo XX.
Para conocer más sobre esta relevante figura de nuestro siglo XX, hemos contactado con Francisco Vila Conde, un joven jurista que ha dedicado los últimos años a investigar a fondo la vida y la obra de Manuel García-Pelayo. Su trabajo ha dado como resultado varias publicaciones que revelan un García-Pelayo diferente al que se suele presentar. Agradecemos su amabilidad al concedernos esta entrevista que ahora reproducimos.
– Manuel García-Pelayo creció en las primeras décadas del siglo XX, años en los que España y Europa viven una gran inestabilidad política. ¿Cómo afectaron las turbulencias de aquella época a su formación intelectual?
Decisivamente. Es un tema generacional, no exclusivo de García-Pelayo. La generación de García-Pelayo, que mi amigo Jerónimo Molina ha bautizado como la generación de juristas del 27 (yo lo tomo de él), considera que el liberalismo político decimonónico ha hecho aguas tras el crac de 1929. Y frente a ese sistema que ellos, en su inmensísima mayoría, consideran caduco, aparecen dos opciones: de un lado el comunismo, que se había hecho con el poder en Rusia en 1917, y de otro lado el fascismo, que gobernaba en Italia desde 1922. Ambos movimientos exaltan a la juventud, frente al liberalismo que se consideraba una cosa de viejos. Ortega les advierte que están equivocados, que esos dos caminos conducen al desastre, pero no le escuchan.
En el caso concreto de García-Pelayo, él oscila de un extremo a otro en cuestión de meses: lo mismo devora los libros de Lenin o Marx que los discursos y escritos de Mussolini o Giovanni Gentile. La situación sociopolítica determina esencialmente su postura, y va a ser sólo en el desastre de la Guerra Civil cuando se dé cuenta de que Ortega tenía razón. Fija entonces su postura definitiva en la defensa de una democracia de contenido social. Será el resto de su vida defensor de un liberalismo político, no económico, y partidario de que el Estado intervenga en la economía para repartir la riqueza entre todas las capas sociales.

– En 1936 regresó de Alemania para alistarse en el Ejército leal a la República, y posteriormente se exilió durante décadas. ¿Era García-Pelayo una persona comprometida con las ideas de izquierda, en la línea del perfil típico en el que pensamos al hablar de los «vencidos»?
Por una parte, no sé qué significa exactamente lo de las «ideas de izquierda». Dicho lo cual, García-Pelayo no es el revolucionario sesentayochista que algunos quieren presentar. Fue una persona que pasó por prisión: estuvo un año y medio entre campos de concentración y prisiones. Es verdad que llegó a tener un rango alto en el Ejército Republicano, pero nunca se estuvo lamentando de su paso por prisión. Su posición era clarísima: «Tenemos que dejarnos de hablar de regímenes franquistas o democráticos y hablar de España». Esa era su posición y así la defendió, especialmente en los años de la Transición.
Por otra parte, comenta usted el exilio de García-Pelayo. En primer lugar, fue un exilio voluntario. Cierto es que él podía no sentirse a gusto en la España de Franco, pero no era ningún perseguido político. Se acoge a un indulto otorgado por Franco en 1942, por lo que nunca más vuelve a entrar en prisión; su caso se archiva en la Capitanía General de Madrid en 1946. Para más inri, desde 1948 es el segundo de Francisco Javier Conde en el Instituto de Estudios Políticos. En 1950 se va a Argentina a buscar suerte. De hecho, Conde le reserva la plaza en el IEP. Está allí tres años, luego se va a Puerto Rico otros cuatro años y ya en 1958 se va a Venezuela, donde va a permanecer veinte años más.
– ¿Rompió García-Pelayo todo contacto con España en sus años de exilio?
Nunca desconectó de España: siguió carteándose con sus amigos del IEP, visitaba España todos los años una o dos veces e incluso piensa en establecerse definitivamente de nuevo en el país en los años sesenta.
– Usted ha desvelado con escritos inéditos un episodio poco conocido de la vida de García-Pelayo: su participación en el proceso de elaboración de la Constitución de 1978. ¿Cómo se explica este prolongado olvido de una aportación tan significativa?
Diría que esto se explica por un tema puramente humano y español: la desidia que tenemos los españoles hacia lo nuestro, unido al escaso o nulo interés por investigar.
Le cuento una anécdota: cuando llega a mis manos el primer dictamen al proyecto de Constitución aprobado por el Congreso, al proyecto le faltaban algunas páginas, que estaban recortadas. Y dije, si ya era complicado encontrar uno, ¿dónde encuentro yo un segundo dictamen? Me enteré de que el archivo de Rubio Llorente, que colaboró con García-Pelayo en el dictamen, estaba en el Tribunal Constitucional. Llego allí y, por casualidad, tienen una segunda copia. Entonces el jefe del archivo me dice: «Yo te dejaría que conectases un USB y te lo llevases, pero no tenemos ningún protocolo establecido. Eres la primera persona que viene aquí en ocho años».

– García-Pelayo es conocido, principalmente, por su papel como presidente del Tribunal Constitucional en la polémica sentencia sobre la expropiación del grupo empresarial Rumasa en 1983. ¿Apoyó García-Pelayo la constitucionalidad de la actuación del Gobierno por presión política? ¿Fue Rumasa el comienzo de la utilización partidista del TC?
A ver, muy ingenuo habría que ser para pensar que, en casos tan trascendentes para la opinión pública, los magistrados no son presionados. Siempre hay presiones políticas y mediáticas, antes y ahora. Pero esto es algo con lo que un juez debe contar.
El primer gobierno socialista llega al poder a finales del 82, y la primera gran medida, tras una discusión acalorada en el Consejo de Ministros, es expropiar Rumasa mediante un decreto-ley. Pero me quiero ir tres años después para hablar de las presiones, porque a veces nos extrañamos de lo que pasa con el Gobierno actual, pero esto viene de lejos. En el caso de la sentencia sobre [la ley de] el aborto de 1986, Alfonso Guerra, actuando como si fuera Óscar Puente en nuestros días, dice abiertamente: «¿Cómo es posible que doce señores no elegidos por el pueblo tengan paradas las reformas más importantes de este gobierno?» y añade que, en caso de declararse inconstitucional la ley, «habría que poner en marcha la máquina de hacer indultos». Y esto era público, lo dijo en los medios de comunicación. Por tanto, vemos que en los casos polémicos siempre hay presiones. El caso del aborto se decide también por el voto de calidad de García-Pelayo, esta vez en contra del gobierno.
Volviendo a Rumasa. Más allá de las presiones, me consta, porque así lo he podido documentar, que, desde el momento en que el caso entra por la puerta del edificio de la calle Domenico Scarlatti, el Tribunal se divide seis a seis. Y no por ideología, sino por una razón estrictamente jurídica. García-Pelayo trata de llevar a otros magistrados a su punto de vista, pero no lo consigue. Recomiendo que se lea esta sentencia. Cuando uno la lee se da cuenta de que los doce magistrados están de acuerdo en que hay que hacer algo con Rumasa. Los doce están de acuerdo en que hay que expropiarla; en lo único que difieren es en la forma en que se había hecho. Mientras García-Pelayo y otros cinco magistrados creen que el decreto-ley es una forma adecuada, los otros seis piensan que habría que haber seguido la Ley de Expropiación Forzosa. De hecho, una vez el decreto se convierte en ley, ésta nunca es recurrida. Es decir, incluso a nivel político, los dos grandes partidos (PSOE y Alianza Popular) están de acuerdo en que hay que hacer algo con Rumasa.
Por tanto, lo que se discute es la forma. Como usted sabe, el artículo 86 de la Constitución estipula que el decreto-ley es para casos de extraordinaria y urgente necesidad, y que no puede afectar a los derechos del Título primero. Esto último ya había sido matizado por el Tribunal Constitucional en otras sentencias, en el sentido de que esa prohibición de afectación debía entenderse solamente como la imposibilidad de regular el contenido esencial de un derecho del Título I por decreto-ley; pero no como una prohibición absoluta, pues es prácticamente imposible que un decreto-ley no toque, siquiera levemente, alguno de los derechos previstos en el Título I.
García-Pelayo nunca fue un formalista. Era un decisionista como su maestro Carl Schmitt y, por tanto, no dudó. Desde sus propios escritos teóricos, se ve que era partidario de un Estado con un Ejecutivo fuerte, con un Ejecutivo responsable y con un Ejecutivo que legisle, por encima incluso del Parlamento. Considera que el Parlamento no es el órgano más capacitado para legislar en una sociedad técnica y dinámica como la actual.
– Tras dejar la presidencia del Tribunal Constitucional, García-Pelayo regresó a Venezuela, donde falleció hace 35 años. ¿Por qué este nuevo exilio?
De nuevo, por razones fáciles de explicar desde el punto de vista biográfico: su segunda mujer es venezolana (la primera había fallecido en 1965), y tuvo que reincorporarse a la Universidad Central de Venezuela, donde era profesora. Eso es lo que explica su vuelta a Venezuela con su mujer. Luego, allí enferma, sufre un ictus y queda impedido. También es verdad que la estancia en España se le había hecho complicada, pero la razón esencial es su mujer.
– Su último libro se titula Manuel García-Pelayo, jurista de Estado. ¿A qué se debe ese protagonismo del Estado en una obra que pretende sintetizar las ideas de este pensador?
Responderé lacónicamente: el Estado es su musa, su numen; todos sus escritos, toda su obra está enfocada a entender la forma política moderna, que es el Estado.

– Lo cierto es que el pensamiento de García-Pelayo es poco conocido. A pesar de la gran extensión de su obra, ésta no se suele estudiar en las facultades de nuestro país. ¿Cree que lo escrito por Manuel García-Pelayo tiene alguna actualidad?
Diré algunas cosas que me parecen actualísimas. Por ejemplo, sus escritos sobre el pensamiento mítico en oposición al racional me parecen plenamente vigentes en una época donde se vuelve a confesionalizar el discurso político, a izquierda y derecha. También me parecen actuales sus trabajos sobre la razón de Estado, o sus interpretaciones sobre la Constitución, que yo he tenido el honor de descubrir en el Inédito y en el libro sobre El Rey. También sus escritos sobre la tecnocracia, sobre cómo los tecnócratas influyen y condicionan las decisiones de los poderes políticos; yo creo que esto en Estados Unidos está plenamente actual. Podría seguir pero considero que estos ejemplos son suficientes.
– Curiosamente, la última obra de García-Pelayo trata sobre el Estado de partidos, sobre la partitocracia, un término que se ha popularizado en los últimos años para criticar al sistema político actual. ¿Qué cree que opinaría García-Pelayo sobre el devenir de la democracia española de estar vivo hoy?
Como cualquier interesado por la cosa pública, creo que le decepcionaría cómo se están desarrollando los acontecimientos. Pero no sólo a nivel español, decir eso sería miope. Es una situación a nivel continental. Creo que se mostraría muy descontento con el surgimiento de identitarismos a izquierda y derecha, con el desprecio al Estado de Derecho, también a izquierda y derecha, amparándose en realizar una supuesta justicia, el desprecio al principio de legalidad… todas estas cuestiones que vemos en Estados Unidos, en Argentina o en España, por poner ejemplos de todos los lados del espectro político. Un defensor del Estado de Derecho como él no podría estar de acuerdo con esto, desde luego.
En cuanto al Estado de partidos, García-Pelayo lo analiza como un jurista político, no como un periodista o un tertuliano. Su análisis coincide esencialmente con el de Raymond Aron. A saber: García-Pelayo parte de que vivimos en una sociedad organizacional; esto significa que las organizaciones son imperiosas para la vida en todos los aspectos. Es decir, de igual modo que si queremos curarnos de cualquier enfermedad vamos a un gran centro hospitalario y no a un curandero de pueblo, del mismo modo que si queremos recibir educación vamos a un centro educativo y no a un preceptor privado, pues si queremos participar en política los partidos son necesarios. La población no ha parado de aumentar y ellos son el único vehículo a través del cual se puede canalizar el sufragio en nuestro tiempo.
Entonces, las opciones son depender de una sola gran organización, que sería el modelo de partido único, como hoy en China o en el pasado en los fascismos, o la dependencia de varias grandes organizaciones, en los Estados pluralistas. Hay que decidirse entre una opción u otra, porque mientras las condiciones sociológicas sean las que son, las de la sociedad de masas, esas grandes organizaciones son menester en cualquier ámbito.
– Ya por último, ¿podemos esperar por su parte nuevos hallazgos sobre la vida y obra de Manuel García-Pelayo? ¿Queda trabajo por delante en el estudio de este histórico jurista español?
He descubierto nuevos textos de García-Pelayo en Venezuela, estuve allí en julio de 2024 invitado por la familia de su segunda mujer para trabajar en la fundación, para remover y ordenar sus papeles. Todos esos documentos que yo clasifiqué se han enviado al Tribunal Constitucional. Ahora están en su archivo, no sé si lo publicarán en abierto, pero estimo que dentro de poco estarán al menos para consultar allí presencialmente. Ahí hay trabajo para varias tesis más. Por ejemplo, hay una correspondencia enorme que sería útil para ver la interacción de García-Pelayo con otras figuras del pensamiento jurídico-político iberoamericano, como Fix Zamudio en México o Vanossi en Argentina. Por mi parte, no sé si voy a seguir con García-Pelayo. A mí me gustaría, pero me temo que la vida me está llevando por otros derroteros.




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