El trato de la muerte en el cine de terror
- Ivan Tobeña
- hace 3 días
- 11 Min. de lectura
Cruda, irreversible, única por individuo, pero… ¿y si se trata de un personaje?
Uno de los géneros más relevantes en la historia del cine está construido en base a uno de los mayores miedos del ser humano: la muerte. Los personajes de estas películas suelen sufrir destinos horribles que suelen culminar en defunción; sin embargo, los espectadores tienden a disfrutar de ello al saber que se trata de ficción, ignorando por completo la dura penitencia a la que es sometida el personaje en cuestión. ¿Por qué las muertes en el terror son aplaudidas mientras que en los dramas y otras obras generan lágrimas? ¿Son menos importantes las muertes si ocurren en esa realidad?

La respuesta corta es sí, pero no por la naturaleza de las muertes sino por una multitud de motivos en función de la época. A lo largo de los años el género ha evolucionado hasta el punto de generar más de treinta subgéneros, como terror sobrenatural, creature feature y body horror, por nombrar algunos. Cada ramificación tiene sus arquetipos de personajes, sus clichés, su ambientación y su antagonista, pues este género requiere mayoritariamente de un antagonista que genere una amenaza suficiente para manifestar ese miedo. ¿Y qué miedo hay mayor que la muerte? Ese antagonista suele tener una motivación para intentar que los personajes de la película mueran, presentándose acompañado de un terror muy humano. Puede ser venganza, puede ser por supervivencia, en ocasiones es incluso por trabajo, pues el antagonista en muchas películas es la misma muerte, como en la famosa franquicia Destino Final, que será un punto recurrente en este artículo más adelante.
Los inicios del terror ‘mainstream’ en el cine se dictan entre los años veinte y cuarenta, con el universo de monstruos clásicos de Universal: adaptaciones a la gran pantalla de novelas que contenían criaturas variopintas como vampiros, licántropos, metamorfos y lo que quiera que se considere el hombre invisible. En estas películas, la cantidad de muertos estaba increíblemente reducida en comparación con el estándar actual. La muerte era trágica, sentida tanto por la audiencia como por el monstruo titular, quien en muchos casos cometía los asesinatos por supervivencia o por pérdida de control. De hecho, muchas de estas películas presentan la muerte de estas criaturas. La muerte no era el centro de las películas, sino ver a estas criaturas novelescas en la gran pantalla. Por ese motivo, junto a la censura y falta de efectos prácticos en la época, las muertes no exageraban la violencia, sino que se reducían a adaptar lo escrito, con asesinatos ligeros que apuntaban a una tonalidad trágica.

En 1954 se estrena Godzilla, una película crítica de los ataques nucleares que Japón recibió en la Segunda Guerra Mundial, presentando al titular lagarto gargantuesco que aterroriza la ciudad. Si bien la muerte aquí se justifica al ser una representación de los terrores de la guerra, el brutal número estimado de 30.000 muertos congela la piel. Por suerte, esta película muestra las consecuencias y repercusiones de esas muertes, al contrario que otros ejemplos que serán presentados más adelante.
Continuando cronológicamente, alcanzamos los años sesenta con el mundo de los no muertos. George Romero estrenaba Night of the Living Dead, una de las primeras películas de zombies modernos de la historia, modernos porque eran capaces de pensar, al contrario que en las películas previas como White Zombie, de Victor Halperin en los años treinta. En este film las muertes aumentan en número en comparación con los monstruos de Universal, con diez humanos y catorce zombies en el contador. Sin embargo, el dilema que se presenta no procede únicamente de la cantidad, sino de la naturaleza del subgénero. Las películas de zombies traen de vuelta a la vida a personas que ya fallecieron, en cierto aspecto restándole importancia al hecho de su fallecimiento, pues han recibido una segunda oportunidad pero bajo la condena de alimentarse de otros humanos y, por fuerza, estos están forzados a defenderse y rematarlos. Es un concepto más aterrador desde la perspectiva del zombi, pues tu existencia se ha visto reducida a una máquina de ataque, y su muerte no ha sido respetada para nada. Permanentemente condenado a matar.
Llegamos a los inicios del caos, los setenta, que presentan una obra que cambiaría el género del terror en su totalidad, y atentan contra la tesis de este artículo. Estoy hablando, por supuesto, de Texas Chainsaw Massacre, dirigida por Tobe Hooper. Esta es de las más tempranas instancias del género slasher, que presentaba a un asesino (generalmente enmascarado o con el rostro deformado) torturando a sus víctimas antes de matarlas. Leatherface, pues así se llamó al antagonista principal, tortura junto con su familia de desquiciados a Sally tras haber matado y devorado a sus amigos. Si bien una variedad de escenas demuestran que Leatherface no lo disfruta, la violencia aplicada al grupo de jóvenes es protagonista en la obra, ignorando la fatalidad de la muerte.

Esta obra generó el nacimiento del slasher, género que cobró relevancia en los ochenta, el cual minimiza la simpatía de la audiencia por las vidas de los protagonistas en favor de una admiración glorificada por el antagonista y sus métodos de trabajo. Los villanos se vuelven carismáticos, destacando el humorístico Freddy Krueger, y el conjunto de ‘carnada humana’ es cada vez más molesto, bien sea por su actitud desagradable o por su estupidez en la toma de decisiones. El punto es que la película se plantea para que desees que los protagonistas muera y los antagonistas se luzcan con asesinatos únicos y brutales. Continuando con el ejemplo de Pesadilla en Elm Street, se aprovecha al máximo el entorno onírico que domina Freddy para generar asesinatos increíblemente rebuscados, haciendo que el público quede fascinado por cómo ha matado a ese niño, y no extremadamente disgustado con el hecho de que un adolescente acaba de fallecer brutalmente sin ninguna opción para huir. De hecho, se ridiculiza aún más a las víctimas al ser objeto de humor por la forma desgraciadamente creativa de morir que sufren. Imaginad que sois asesinados y una audiencia se ríe de vosotros por haber muerto de una forma impensable. Es horroroso.
Los ochenta no sólo albergan el mayor número de obras slasher, sino que también marcan el ascenso en popularidad del género Splatter, comúnmente apodado Gore, películas cuyo único atractivo era generar impacto en el espectador con imágenes absurdamente sangrientas. El ejemplo más famoso es la saga Evil Dead, de Sam Raimi, que si bien no presenta una amplia cantidad de víctimas (que no significa que no sean trágicas), utiliza cantidades abismales de sangre. Con la segunda película se popularizará el splatstick, que mezcla la comedia física, como el cine de los hermanos Marx, con la violencia del splatter, destacando Braindead de Peter Jackson como la mejor representación del género. Esta obra muestra cientos de vidas arrebatadas cruelmente por una infección, pero camufla su horror tras una gran capa de tripas y humor, de forma similar a otras obras previamente mencionadas, pero alcanzado niveles de obscenidad nunca antes vistos. Incluso el título en castellano aporta a mi tesis, pues en España se llamó Tu madre se ha comido a mi perro.

El género gore estaba claramente mal visto en el cine comercial, y encontró su audiencia mayormente en el mercado del DVD. Antes de continuar con las décadas y subgéneros, quisiera hacer una pequeña parada para aclarar varios puntos sobre el público de este tipo de películas. Se les suele tratar de sádicos o psicópatas que disfrutan de ver masacres y demás salvajadas, pero la realidad es que la violencia y la admiración por la misma lleva perteneciendo a la naturaleza del ser humano desde la creación del mismo. Remontándonos a la era medieval, eran múltiples las ejecuciones públicas que gozaban de un gran público que gritaba emocionado cuando el condenado fallecía frente a ellos. En la versión moderna y cinematográfica, si bien es el punto de la tesis, las personas que mueren no son reales, sino personajes, así que en cierto modo está moralmente más aceptado. El equivalente real de la actualidad serían las películas snuff, que sería un caso de mayor preocupación pero se sostiene de misma manera al argumento de las ejecuciones públicas, donde la audiencia presenciaba con morbosidad la cruel tortura.
Volviendo al cine, desde los años noventa hasta la actualidad se ha ido aumentando progresivamente la brutalidad en el terror y minimizando el impacto emocional de las muertes en favor de uno más morboso, hasta el punto de insensibilizar completamente a la audiencia. Géneros como el torture porn, destacando la saga Hostel, brillan únicamente por el elemento violento, con tramas vergonzosamente simples y que quedan en segundo plano. No todo el terror se basaba en esto, pues muchos subgéneros como el J-Horror o el Body Horror mostraban especial énfasis en mostrar las represalias de la muerte y creaba una sensación de agonía que triunfaba sobre el morbo fácil. Sin embargo, quiero especializarme en una saga concreta de películas que trata la muerte de formas tan diferentes entre entregas que resulta muy interesante; Final Destination.
Escena de Destino Final - Fuente: Metrograph
La primera entrega de Destino Final nació con el nuevo milenio, en pleno auge del meta-slasher y el whodunnit, con el mercado del cine de terror inundado de imitadores de Scream de Wes Craven. Destino Final cambiaba la fórmula al no presentar un villano humano, ni siquiera tangible. El malo de la película era la propia muerte, que persigue al grupo de protagonistas uno por uno tras que estos eviten un trágico final en un accidente de avión. No es la parca, no es un fantasma, no es un espíritu. Es el concepto de la muerte, quien en esta franquicia tiene una fecha final para cada individuo, y si no se cumple debe buscar nuevas formas de cobrar lo que es suyo. La muerte no es pasajera y situacional, sino que, ya sea mediante el plan divino o no, debe ocurrir en un momento preseleccionado. Además de generar una trama interesante en base a qué ocurriría si se evita la muerte, crea en el espectador una duda que roza el existencialismo; ¿realmente la muerte está destinada? Cuando muera con ochenta años de causas naturales, ¿es porque la muerte marcó esa fecha para mí? ¿Ese accidente de las noticias que le ha ocurrido a un pobre niño también es parte del plan? Si aún al evitar mi muerte predestinada, mi destino final me persigue, ¿es justo? De ahí se llega fácilmente al nihilismo y al absurdismo, valorando menos nuestras vidas al saber que no están realmente en nuestro poder, sino en el de otra entidad superior e inalterable. Varios personajes en la franquicia alcanzan este punto, con intentos fallidos de suicidio por frustración, que además son fallidos porque, irónicamente, la muerte no les deja morir aún. Es un toque de comedia muy oscura en un hilo de existencialismo.
Aún con esta propuesta tan interesante y aterradora al pensarlo un tiempo, la película no utiliza el tono oscuro que plantea. Es cierto que hay momentos tristes y apropiados al luto que se merece un hecho como la muerte, con el funeral de las víctimas del accidente inicial, pero son las propias muertes en sí las que generan una comedia involuntaria que con el paso del tiempo en la franquicia se convertirá en un estándar.
Entramos en territorio de spoilers. Aunque la primera víctima tras el accidente de avión sea Todd, el amigo del protagonista Alex, es la secuencia de la profesora la que me genera intriga por la resolución de las muertes en esta película. La profesora de Alex, la señora Lewton, cambia el café de su taza por vodka, creando una grieta en la misma por el cambio de temperatura entre líquidos, y dejando un rastro de alcohol por el suelo. Una gota cae en el ordenador, que estalla y clava cristales en el cuello de la profesora. Mientras camina a duras penas hasta la cocina, una chispa del ordenador cae en el suelo, encendiendo en llamas el rastro de alcohol que la sigue hasta la cocina, en la cual explota la botella de vodka y con ella el café que tenía aún en la mesa, derribando a la profesora al suelo. Allí, intenta alcanzar un pañuelo para cubrirse pero unos cuchillos que estaban encima del mismo se caen justo en su pecho. Por último, otra explosión por la cantidad de fuego que hay derriba una silla que cae encima de los cuchillos, finalmente acabando con su vida.
Esta secuencia es aterradora y paranoica, y genera miedo en el espectador hacia lo cotidiano. Es la especialidad de la franquicia, que en cada muerte y cada entrega amplía la creatividad de estas cadenas de sucesos. Sin embargo, con el tiempo adquieren un tono más cómico, como si fueran conscientes de la película a la que pertenecen, alcanzando niveles absurdos. La muerte juega con varios elementos para que el espectador junte las piezas y adivine cómo va a morir ese personaje. Ahí es donde quería llegar: jugar con las posibilidades de la muerte de un personaje es cruel y desmoralizante, pero ha adquirido humor según avanzan las películas. Destino Final, sin embargo, maneja la muerte con una visión más absurdista. Tiene que ocurrir, por muy trágica que sea, pues es el punto de la película, y prefiere mantenerse en el fino limbo entre la comedia y el horror paranoico. Muertes accidentales bajo grandes conectores, revelando el nihilismo al no dejar ni un solo superviviente en toda la franquicia, y dándole la importancia suficiente para ser el motor de la historia, pero de igual manera siendo brutalmente irrespetuoso desde un punto de vista moral, pues las muertes de los personajes son objeto de comedia. La muerte ocurre, te ríes, lo piensas, te entristeces.
The Monkey, de Ozgood Perkins, tiene un enfoque aún más cómico y más absurdo. Si bien las muertes son menos elaboradas, son mucho más surrealistas e improbables, reduciendo en gran parte la paranoia de que te pueda ocurrir, y generando más humor. Junto a las carcajadas viene un mensaje que te hace pensar bastante menos: la muerte llega, y es lo que hay. La película se permite libertades creativas con las muertes al importarle menos las consecuencias y la tragedia de la misma, pues las ve como ocurrencias naturales, ya asumidas de antemano y que no necesitan tiempo para ser lamentadas, incluso siendo el tema principal de la película. La muerte ya no es autónoma, sino que está relegada a un objeto y el manejo de otras personas, variando así también la perspectiva de la predeterminación del destino.
Portada de The Monkey - Fuente: Movistar+
En definitiva, la muerte siempre ha tenido una repercusión extraña en el género de terror. Por un lado, suele ser un elemento extremadamente recurrente y carente de moral por su repetida presencia. Por el otro, es el motor de la historia a contar, y adquiere cierto respeto por mucho que su trato sea poco sutil en la mayoría de casos. En función de qué tipo de película de terror se trate, las muertes son completamente ignoradas o relevantemente mustias. En este género, los personajes parecen tener una menor relevancia y sus muertes parecen importar menos, por mucho que siga siendo la muerte de lo que estamos hablando. La muerte puede ser cómica y abundante y el espectador se olvidará de que es un suceso irreversible. No significa que las películas de terror deban tratar la muerte con el luto característico de la realidad en absoluto. Esto es simplemente una reflexión, y opino que si se le diera ese trato a la muerte en el cine de terror, las películas perderían su esencia, ritmo, tono y, en ciertos aspectos, calidad. Si hubiera un funeral en pantalla cada vez que Jason mata a alguien en Crystal Lake, habría una confusión temática y tonal más fuerte que los asesinatos en sí. La ficción permite desmoralizar la muerte de cierta forma “correcta”, y en ciertos casos es mejor así. La comedia de las ejecuciones en ciertos slashers ayuda a lidiar con el terror absoluto que es la propia muerte. Que se ignoren algunas muertes de personajes menores sirven para ofrecer un ritmo más ligero y entretenido. Muchísimas obras de terror manejan con extrema precaución y tacto la muerte, y funciona perfectamente bajo su correspondiente contexto. Las películas son películas, los personajes son personajes, su muerte no es completamente real, y eso está bien, no importa tanto.
