Elegía a Ramón Sijé de Miguel Hernández: una amistad en entredicho
- Carlos de Francisco Cañón

- 24 dic 2025
- 5 Min. de lectura

En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como el rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería
El 24 de diciembre de 1935 fallecía en Orihuela José Marín Gutiérrez a los 22 años. Dejaba una breve pero intensa obra periodística y ensayística, publicada bajo un seudónimo formado por un anagrama de su nombre: Ramón Sijé. El entierro tuvo lugar la mañana del día de Navidad, y un día más tarde comenzaron a aparecer elogios fúnebres de numerosos intelectuales amigos en periódicos locales y nacionales.
Sin embargo, la mayor esquela de lamentación por el precoz fallecimiento apareció el 24 de enero de 1936. Ese día salía de la imprenta El rayo que no cesa, la nueva obra del joven Miguel Hernández Gilabert. Cerraba el poemario una composición formada por tercetos encadenados, incluida precipitadamente en el libro los días previos y fechada el 10 de enero.
Conviene diferenciar entre los versos de la Elegía y la realidad de la relación entre Miguel Hernández y Ramón Sijé. La amistad entre los dos intelectuales ha sido objeto de numerosas investigaciones, en un intento por desvelar las posibles sombras que desmitificarían la visión idealizada en el poema. Para conocer su trasfondo, debemos hablar en primer lugar de Orihuela, el pueblo natal de ambos.
Miguel Hernández, pastor y poeta
Nada en la infancia de Miguel Hernández podía hacer pensar que su futuro iba a estar marcado por la literatura. Sólo acudiría a la escuela en su pueblo por un curso, en 1924–25, que terminó con excelentes calificaciones. A partir de entonces toda su formación sería autodidacta: se introducirá en la literatura clásica española gracias a diferentes contactos que influirán decisivamente en su descubrimiento de las letras.
Con este bagaje cultural, comenzará a participar en la vida literaria oriolana. En el círculo del horno de la familia Fenoll, coincide con los hermanos José y Justino Marín Gutiérrez, quienes ya han adoptado los seudónimos de Ramón y Gabriel Sijé.

Ramón Sijé, joven prodigio
José Marín Gutiérrez era tres años menor que Miguel Hernández. A diferencia de su amigo, cursó el Bachillerato hasta completarlo en 1928, con notas sobresalientes.
Estudió Derecho entre 1931 y 1935. Durante estos años finales de su vida tiene una frenética actividad periodística, pero sobre todo se dedica a El Gallo Crisis, revista que funda en 1934 y supone la mejor expresión de su pensamiento católico y derechista.
Mantuvo amistad con figuras importantes de la cultura y la política del momento, destacando a Ernesto Giménez Caballero, introductor del fascismo en España. Existe debate acerca de la supuesta proximidad de Sijé con las ideas totalitarias y, como veremos más adelante, acerca de la posible influencia que este hecho tuviera en Miguel Hernández. En cualquier caso, la temprana muerte del intelectual a causa de una septicemia al corazón en la Nochebuena de 1935 nos impide conocer cómo se hubiese posicionado en los convulsos años que estaban por llegar.
Evolución de una amistad (1930–1935)
No hay duda de que la relación entre ambos fue, al menos en un principio, de maestro y discípulo.. Los primeros escritos de Miguel Hernández reflejan esta afinidad con el pensamiento de su amigo, que contrasta con la ferviente militancia comunista que realizará el poeta a partir de 1936.
En este sentido, se discute hasta qué punto hubo en el fondo de esta relación un interés de Miguel Hernández por favorecerse de los contactos y la influencia de Sijé en el mundo editorial. Su primera obra publicada, Perito en lunas, no habría salido de la imprenta en 1933 sin la intercesión de su valedor.
Por otra parte, y como adelantamos anteriormente, la polémica acerca de las simpatías de Ramón Sijé y, por extensión, de Miguel Hernández con el fascismo ha dado mucho de qué hablar. Eutimio Martín sostiene la siguiente tesis:
«Ramón Sijé no se contentó con ser un filofascista teórico sino que fue fascista militante, (…). Y, lo que a nosotros más nos importa, que, aprovechándose de su ascendiente socio-editorial sobre Miguel Hernández (…), le contagió su ideología ultraconservadora. Cuando Miguel Hernández se apercibió de que por la vía del nacional-catolicismo se negaba a sí mismo, como hombre y como escritor, rompió para siempre con amigo de tan nefasta compañía».
Reduce, de este modo, la amistad entre ambos a una relación de conveniencia que termina con motivo de una discrepancia ideológica hacia 1935, cuando Miguel Hernández da muestras de distanciamiento con quien hasta entonces había sido su mentor.
Sin embargo, Aitor L. Larrabide no comparte la visión tan rotunda, al señalar que las diferencias políticas entre ambos no supusieron en modo alguno el fin de su amistad. Para ello recoge diversos testimonios que desmienten esa ruptura radical. Destaca el de María Zambrano, quien afirma que, el mismo día de la muerte de Sijé, Miguel Hernández le estaba esperando para celebrar la Navidad con él y la propia María.
También matiza la supuesta militancia fascista de Sijé, pues argumenta que en ningún momento se puede deducir de la obra sijeniana una aceptación de las doctrinas totalitarias. Si bien profesaba una ferviente fe católica y una evidente nostalgia por el pasado imperial de España, nunca comulgó plenamente con las ideas de Giménez Caballero, y sus publicaciones se enmarcan mejor en las corrientes de renovación de la Iglesia que en la doctrina de Acción Española y demás partidos filofascistas.
Por último, refleja la abundante correspondencia que existió entre los dos amigos hasta el último momento y que después del fallecimiento de Sijé continuó entre el poeta y la familia de aquél. Nada hace pensar en una relación rota o un distanciamiento a causa de la política. Si fuera cierto, no se explica la prontitud con la que Miguel Hernández se dispuso a componer un poema tan ambicioso y cuidado para dedicarlo a una persona con la que estaba enemistado.
Conclusión
Si bien no podemos negar las sombras que rodean a la complicada situación de Ramón Sijé y Miguel Hernández en la España de los años treinta del siglo pasado, se puede concluir que, ante todo, prevaleció una amistad sincera y auténtica, sin la cual no se concibe la producción de una obra de tal expresividad y perfección. Nada obligaba a Miguel Hernández a componer un elogio fúnebre tan ambicioso en un espacio de tiempo tan breve y dedicado explícitamente a su «compañero del alma». Ni la política, ni los contactos editoriales ni el dinero son suficientes para explicar la génesis de la Elegía a Ramón Sijé de Miguel Hernández; sólo la humanidad y sensibilidad del poeta oriolano permiten descubrir, detrás de los convulsos tiempos que le tocaron vivir, este remanso de fraternidad y amistad verdadera, inmortalizado bajo la forma de un poema universal de nuestra literatura.




Comentarios