Sobre el pesimismo y la «cancelación del futuro»
- Carlos de Francisco Cañón

- hace 2 días
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«Vivimos una época privada de futuro. La espera de lo que vendrá ya no es esperanza, sino angustia». Simone Weil.
A juzgar por lo que vemos en la prensa y otros medios, no hemos empezado 2026 con buen pie. En apenas un mes ha habido tiempo para contemplar la humillación pública de Europa ante nuestro supuesto mayor aliado, la sangrienta represión de las protestas iraníes, los abusos impunes del servicio de inmigración de Estados Unidos y, ya en nuestro país, el peor accidente ferroviario en trece años, que ha puesto en cuestión la fiabilidad del servicio de transportes públicos de nuestro país.
No, desde luego no parece que el año haya comenzado con buenos pronósticos para el mundo. Acaso esta falta de optimismo comienza a ser lo normal: se va instalando una sensación creciente de declive, de encontrarnos en un epílogo triste de la Historia. No pretendo decir que esto sea algo nuevo; muy idealista sería afirmar que en otras épocas todos miraban sonrientes al futuro. Basta con asomarse al siglo XX para encontrar el nacimiento del género de la distopía en el arte, por ejemplo. Nuestra historia está llena de momentos de desesperanza y de angustias existenciales. De nuevo, no pretendo descubrir ningún Mediterráneo. Sin embargo, sí me gustaría fijar la atención en cómo esta tendencia al pesimismo se manifiesta hoy con especial fuerza en el ámbito político.
El final de un ciclo
En 2026 se cumplen quince años del 15-M. En mitad de la peor crisis económica que se recordaba, en 2011 las calles se llenaron de nuevos movimientos, de propuestas rompedoras para cambiar un sistema político que necesitaba actualizarse: se cuestionó la forma de Estado, el funcionamiento interno de los partidos políticos, las soluciones que se estaban dando a la recesión, el sistema electoral… “democracia real ya”, se decía. La política nacional entró en efervescencia como nunca: Podemos, Ciudadanos o el proceso independentista catalán fueron las principales manifestaciones de aquella ola reformista, que parecía destinada a terminar con el bipartidismo, la corrupción o cualquier otra causa que explicase los males que sufría nuestro país. Quince años después, ¿qué fue de todo aquello?
Contrasta el dinamismo en las ideas de aquellos años con la parálisis que vivimos hoy. La izquierda en 2015 aspiraba a superar a un PSOE completamente desacreditado, a “tomar el cielo por asalto” para impulsar profundos cambios económicos y políticos. Hoy, una parte se contenta con sostener un Gobierno sin mayoría para desarrollar un programa de tímido contenido social, con el convencimiento de que la única opción alternativa es entregar el poder a sus oponentes. La otra se aferra desesperadamente al recuerdo de lo que fue, tratando de borrar su mediocre paso por el Consejo de Ministros. Lo cierto es que resulta del todo impensable plantear los debates que dominaban la discusión pública hace quince años: el ciclo político iniciado con las acampadas en la Puerta del Sol parece haber dado paso al desengaño, cerrando el amplio horizonte de expectativas que se tenía por entonces.
De acuerdo con la lógica del péndulo, podría pensarse que este desgaste sufrido por la izquierda en su capacidad propositiva llevaría a la derecha a tomar la iniciativa de diseñar la narrativa sobre el futuro. Sin embargo, incluso estas fuerzas en auge presentan, con frecuencia, una visión tenebrosa del porvenir: el colapso de la civilización occidental, la sustitución étnica de los europeos, el dominio de las élites globales para imponer secretas agendas o la ruptura de la unidad nacional son algunos de los lugares comunes de sus discursos. Ni siquiera el bloque emergente es capaz de imaginar un futuro mejor, sino que prefieren refugiarse en supuestas épocas doradas: la dictadura de Franco, la de comienzos de los noventa… ya se llega a idealizar la España de los años 2000, en un ejercicio constante de evasión del presente que omite las sombras y los problemas propios de cada una de estas épocas.

Esperanza y memoria
No pensemos que esta falta de expectativas positivas es exclusiva de la coyuntura presente de nuestro país: numerosos autores han estudiado en los últimos años la denominada «cancelación del futuro», expresión acuñada por Franco Berardi. De acuerdo con sus escritos, esta crisis es el signo característico de nuestro tiempo. El fracaso de las sucesivas revoluciones vividas a lo largo de dos siglos parece haber ido erosionando la capacidad de ilusionarse con la posibilidad de un futuro mejor, de imaginar alternativas a lo existente y luchar por ellas.
Aquí en España, resulta muy sugerente lo expuesto por Edgar Straehle en su obra «Los pasados de la revolución», donde se pregunta por la relación entre la reciente explosión del interés por la memoria histórica y la impotencia para pensar sobre el futuro. Para Straehle, frente a otros autores que ven lo segundo como causa de lo primero, recordar las anteriores experiencias revolucionarias puede ser una fuente de inspiración para recuperar la esperanza. Sostiene que es necesario «repensar la memoria de tal modo que pueda dotarse de un potencial de futuro», y propone la tradición revolucionaria como una apelación a un tiempo que, a diferencia del actual, sí «estaba abierto al porvenir».
En otro escrito aborda el papel que desempeña el concepto de esperanza en la política. De nuevo, resalta la potencialidad de usar el pasado para pensar el futuro, pues aquél tiene «una suerte de excedente que proyecta hacia el porvenir y lo conecta con las luchas venideras». La esperanza se alimenta de lo ya vivido, se vive en el presente e imagina el futuro, de ahí el poder transformador que tiene recordar las anteriores experiencias revolucionarias, momentos en los que se agolpaban las nuevas ideas sobre lo que estaba por llegar.

Conclusión: ¿qué podemos esperar?
No se trata de recuperar el 15-M, ni mucho menos. Intentarlo sería imposible; de hecho, no es siquiera deseable: el tiempo ha demostrado cómo aquel movimiento no fue capaz de ofrecer respuestas satisfactorias a los problemas que pretendía enfrentar. Quince años después, es evidente que fracasó en prácticamente todos sus objetivos. Pero es también evidente que el desencanto que predomina hoy con la política está condenado a ser estéril. Nada provechoso puede salir ni de la apatía y la parálisis de unos ni de la rabia y el tono apocalíptico de otros.
Aunque los tiempos no sean propicios para pensar un futuro mejor, aunque nada en el mundo nos indique que las cosas puedan mejorar, ¿podemos hacer algo para recuperar la esperanza? ¿Estamos solamente ante un impasse de desesperanza? ¿Qué nos queda por inventar en el terreno político?




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