Una revolución con nombre de mujer:
- María Martínez

- hace 17 horas
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Desde el 28 de diciembre estamos viendo cómo los iraníes toman masivamente las calles de Teherán, motivados por un aumento de la inflación, una caída histórica de la moneda y los intentos del gobierno de cubrir las sanciones de la ONU ahogando a sus ciudadanos
Se está viviendo un momento particularmente tenso en el país. No suele ser habitual que al Gobierno de Irán le tiemble la mano. Y, sin embargo, esta vez optó por anunciar medidas para calmar las aguas en vez de recurrir a las Fuerzas Armadas directamente. Probablemente porque la protestas se desarrollan con la guerra de doce días entre Irán e Israel del pasado junio demasiado presente y con una amenaza creciente de Estados Unidos. No obstante, esto no ha hecho más que dar pie a una escalada de las protestas, convirtiéndose en la revolución más fuerte a la que se enfrenta el gobierno de la República Islámica de Irán en sus 47 años. Una revolución que ya no solo se levanta contra la economía del país, sino contra la corrupción, la represión, el aislamiento internacional y las privaciones de derechos. Una revolución que, en buena parte, lideran ellas.

Antes de la Revolución Islámica del 79, la Dinastía Pahlavi ostentó el poder de Irán durante más de cinco décadas, teniendo como objetivo la occidentalización del país. Entre las muchas medidas que trajeron, y por mucho que pueda sorprender esto, se empezó a incitar a las mujeres a no llevar el velo en público. Hasta que finalmente en 1936 quedó completamente abolido. Una aparente victoria para el feminismo en la superficie que, en el fondo, implicaba una pérdida de libertad para ellas. De nuevo, eran otros los que decidían.
Fue en 1963, con la Revolución Blanca, cuando las mujeres alcanzaron el derecho al voto y los mismos derechos políticos que los hombres. Fue también durante el reinado de Mohamed Reza cuando se aprobó una ley de protección de la familia que permitía a las mujeres acceder al divorcio. Las mujeres empezaron a poder elegir cómo vestirse y poco a poco iban alcanzando más representación en la sociedad. No mucho pero, rompiendo una lanza en favor de la Dinastía Pahlavi, sí bastante en comparación con la situación de la que venían y el papel que tenían las mujeres en otros países occidentales en ese momento. Digamos, que las medidas eran cuanto menos prometedoras.
Sin embargo, en 1978-1979, el carácter autocrático del monarca, la creciente represión de la SAVAK (el servicio de inteligencia y seguridad interior de Irán), la reticencia de una sociedad muy conservadora a una modernización tan repentina y, sobre todo y para no perder las buenas costumbres, la obsesión por mantener el control del petróleo potenciaron un cambio de régimen.
Con la llegada al poder del ayatolá Ruhollah Jomeiní, Irán se convirtió en una república islámica, pasando de ser un modelo pro-occidentalista a una dictadura teocrática que a ellas las relegó tanto en la práctica como por ley a un estatus de ciudadanas de segunda clase. Su propio Código Civil hace que sean completamente dependientes de sus maridos para trabajar, viajar, elegir domicilio o divorciarse. Además, mientras que la responsabilidad penal de ellos empieza a los quince años, la de ellas lo hace a los nueve.
En 1983 volvió a ser obligatorio el hijab y, desde entonces, se persigue a las que lo incumplían con patrullas de “policía de la moral”, cámaras de vigilancia y sistemas tecnológicos que identificaban a las que se oponían a llevarlo por reconocimiento facial. Porque sí, parece que en Irán avanza todo menos los derechos de ellas.
Ahora mismo están dando la vuelta al mundo las imágenes de cada vez más mujeres iraníes, tanto dentro como fuera del país, quemando una foto del líder supremo de Irán con un cigarro (práctica también restringida para las mujeres). Están saliendo a la calle sin velo a cortarse el pelo, hacer ejercicio delante de las autoridades, fumar, cantar, bailar... Saltándose las normas, desafiando al régimen, jugándose la vida porque, como ellas mismas admiten, “llevan 47 años muertas”.

Y no es que sea una novedad. Muchas ya se dieron cuenta de que este régimen iba a ser una ruina y se manifestaron contra él al poco tiempo de instaurarse. En 2022, se produjo el famoso movimiento de Mujeres, Vida, Libertad, que detonó con el asesinato de Mahsa Amini por no llevar bien puesto el velo obligatorio. Muchos vídeos de ese momento, con mujeres quemando sus velos en hogueras públicas, están resurgiendo hoy en día. Porque ellas, en realidad, no han dejado de luchar en ningún momento. Aunque el gobierno sí que ha intentado impedírselo, cortándoles la conexión a internet. De hecho, si lo que está ocurriendo en Irán estos días no es un auténtico misterio es porque el magnate estadounidense Elon Musk está proporcionando gratuitamente su servicio de conexión vía satélite, Starlink. Qué paradójico que, precisamente, tenga que ser Elon Musk el que venga a hacerse el héroe.
Y es curioso que, mientras que muchos gobiernos aprovechan cualquier mínima oportunidad para mostrar grandilocuentemente apoyo a Palestina, mantienen la boca cerrada sobre Irán. O, si la mencionan, lo hacen con la boca pequeña. Personalmente, me siento decepcionada con la respuesta de los movimientos feministas de Occidente. Porque, para mí, ser feminista, ser liberal por supuesto es dejar que una mujer se ponga un hijab si es en lo que cree. Pero también lo es que otra no lo haga. Es poder decir que no crees en Allah igual que puedes decir que no crees en el Dios cristiano. Es defender que te quedes en casa cuidando de tus hijos y tu marido si quieres. Pero también, que si no, puedas decidir ir a la universidad. O, que si al principio pensabas que querías y en algún momento dejas de hacerlo, puedas divorciarte. Y, sobre todo, que en ninguna de estas decisiones te estés jugando la vida. Renegar de una religión que oprime, no te hace menos liberal ni más racista. Porque una religión no debería oprimir. La religión es elección, no es obligación. No es pérdida de dignidad.
Mientras las matan, mientras las violan, ellas están siendo valientes. Se están convirtiendo en iconos del empoderamiento femenino. Están pidiendo ayuda por los medios que les quedan y al mundo, por algún motivo, le está dando igual. Como pasó en Venezuela. Nos llenamos la boca con discursos que escribimos desde la comodidad de nuestros salones con calefacción y, en el momento de ser consecuentes con ellos, se nos olvidan. Porque, al final, parece que solo nos implicamos en lo importante. Y, si algo nos ha quedado claro en estas últimas semanas, es que lo importante es el petróleo. Qué pena.




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